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Joaquín Bérchez. Espacios (libremente) comprimidos

Armando Pilato

Joaquín Bérchez, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Valencia y especialista de la cultura arquitectónica renacentista y barroca europea y de su difusión en el mundo colonial hispano, ha destapado recientemente parte de su corpus fotográfico para descubrirse como un auténtico y veraz tirador de cámara. Tras ganar el máximo galardón del I Premio Internacional de Fotografía de Paradores Nacionales se ha decidido a mostrar una selección de sus últimos trabajos en la muestra titulada Espacios Comprimidos, organizada por la Universidad Politécnica de Valencia. El catálogo de la exposición, lujosamente enriquecido con los certeros y agudos textos de Pilar Pedraza, Fernando Marías, Delfín Rodríguez y Yayo Aznar, presenta la visión de un fotógrafo que no es, ni creo que quiera ser, solo y únicamente eso.

A veces pienso que vivimos en una época en la que cualquiera, incluso la suegra insomne de una siniestra vecina de escalera, se define sin vergüenza como artista por el mero hecho de rellenar cualquier soporte mientras completa o intenta rebasar sus periodos muertos. No obstante siempre es mejor dedicarse desaplicadamente a las artes aplicadas, aunque sea desde el injusto rol del dilettante, que perder el tiempo y el espacio en alguna de las otras posibilidades que ofrece el sistema de consumo capitalista. La amenaza de la verborrea catódica es, sin lugar a dudas, el ardid de una sociedad feroz y vertiginosamente insensible, necrófaga y remitente a una sexualidad tan estentórea como opaca. Por ello cuando encontramos la producción artística de personas que llegan de “la otra dimensión” nos maravillamos, como un pez en el mar de las maravillas, y por instantes podemos llegar a pensar que tal vez somos o podemos llegar a ser afortunados o felices.

Joaquín Bérchez se descubre porque tiene la seguridad de que tiene algo que decir ante todo esto y por ello fija su mirada del espacio que intercepta con una magistral dosis de positivo egoísmo estético. El desplazamiento de las imágenes es el punto culminante de su faceta de fotógrafo, o de fotógrafo ciego como titulara inquietantemente Gesualdo Bufalino una de sus novelas. El ojo malicioso del historiador del arte se cruza en el espacio y tiempo sucesivamente fijado hasta llegar al análisis final, y a partir de ahí las dimensiones vuelven a reconstruirse, a plantearse nuevamente, en una narración estrepitosa y calmada, increíble pero cierta, recreada y como tal intensa y -por qué no- realmente vivida.

La arquitectura y su plasmación en el paisaje son simultáneamente antagonistas y protagonistas de sus fotografías. Un edificio se funde en un espacio concreto, sus elementos se integran en el conjunto arquitectónico, las luces proyectan sus sombras en el paisaje. Así pues la geografía de entrantes y salientes no es sólo física sino que se construye con sensaciones que se sublevan a la dictadura de los puntos cardinales, igual que las anodinas palabras son ensortijadas por el secreto de un léxico familiar. Joaquín Bérchez llega a pulsar las claves de un espacio olvidado pero no irremediablemente perdido y por esa razón de ser tan clásico, y esto es un descarado guiño a Italo Calvino, se despierta como narrador de un mundo absolutamente moderno.

En la serie Cuerpos Salomónicos los fustes se rozan y se acarician con una corporeidad física de alto voltaje. Más que piezas de mármol son retratos de individuos que se estiran en una contenida convulsión de piel y masa. Estas columnas, algunas de ellas casi folladoras, tienen marcadas las estrías del paso del tiempo, como las huellas de esas caderas que han crecido y menguado alternativamente. El conjunto de imágenes de arquitectura magnifica los detalles cultos que pasan, la mayor de las veces, desapercibidos a la visión acelerada del tiempo de las autopistas. La talla de capiteles, pináculos y adornos de piedra se tornan en gemas deudoras de una declinación de la geometría de lo rectilíneo y de lo curvo, mientras que la visión de fragmentos de edificios desata la sabia imbricación y acumulación de cánones diversos en un mismo espacio. La losa granítica de El Escorial, la dorada austeridad del Monasterio de Poblet o los interiores de las construcciones góticas valencianas son retratadas mediante encuadres de sombras y prolongados silencios.

La serie de paisajes y panorámicas urbanas de Valencia muestra una ciudad exageradamente dimensionada hacia un exterior, en la cual planitud y verticalidad cercan un corazón circular todavía sembrado de una estrambótica sucesión de torreones históricos. La visión de la Ciudad de las Ciencias aparece como un decorado de fantaciencia ante la ordinariez de la arquitectura actual y el fondo de un sorprendente celaje casi radioactivo. La caliginosa vista de Barcelona es un puzzle de materia coronado por el vértigo ascendente de la Sagrada Familia de Gaudí y la fotografía del ascensor del Museo Reina Sofía de Madrid atrapa los distintos tránsitos que parecen querer fugarse por la Estación de Atocha. En los paisajes rurales el fotógrafo se abandona al solecismo de lo vulnerable o lo vulnerado, algo que se hace evidente de manera explícita en la fotografía titulada Tierra madre.

Pero su impronta digital y visual también atrapa el momento en sesgadas instantáneas como en las fotografías tituladas Sombra con estantería y escuadra, En la Alameda o Juan y los cuerpos salomónicos. Lo sorprendente alcanza en todas estas fotografías el límite de la belleza, un término que parece haber perdido la acompasada significación propia del racionalismo humanista. Y es que no se trata solamente de fotos bonitas, las imágenes de Joaquín Bérchez artista cuentan historias y abren la puerta a otras muchas… Como aquella que espero escribir un día a propósito de su fotografía de la estatua de Neptuno del Parterre de Valencia espiado por una bellísima Meg Ryan.

[Armando Pilato, “Joaquín Bérchez. Casualidades fotográficas”, Casualidades geográficas, Facultat de Geografía i Història, Universitat de València, Valencia, 2004]