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“Posiblemente uno de los rasgos monumentales que mejor permitiría a los valencianos de la época moderna sumergirse en el paisaje de la colonización fue el de las catorce cabezas esculpidas -siete hombres y siete mujeres, enlazados matrimonialmente, a modo de acta notarial, por letreros inscritos con sus respectivos nombres y estados- que se alzan en las ménsulas del alero que remata la portada del Palau de la catedral de Valencia. Sobre ellas se depositó en el siglo XVI, el mito repoblador del traslado masivo de mujeres procedentes de Lérida para desposar con los hombres que participaron en la conquista de la ciudad de Valencia. Dispuestas en lo alto de la portada más antigua de la catedral de Valencia -obra del siglo XIII y reliquia de los míticos años de la fundación cristiana tras la conquista-, estarían llamadas a cobrar un fervoroso protagonismo en la memoria colectiva de la ciudad de Valencia de la época moderna.

El mito repoblador que se forjó en el siglo XVI en torno a estos rostros, aún goza de actualidad. A quien se acerca a la catedral de Valencia y accede al entorno de esta portada, sigue sorprendiéndole la atención reverencial con que turistas o grupos escolares concentran sus miradas en estas caras, escuchan absortos y rememoran los pormenores de la aventura de los primeros pobladores, habitantes, de la ciudad de Valencia. Algo tendrá el vino cuando se le bendice, dice el refrán popular. Y en efecto, no deben ser las narraciones de Herodoto, de Tito Livio o Plutarco sobre las fundaciones de míticos pueblos de la antigüedad, entre ellos Roma, las que se viven como un remake. Tampoco el imaginario cinematográfico de películas tan conocidas como Caravanas de mujeres (W. Wellman, 1951), o Flores de otro mundo (I. Bollaín, 1999). Hay sin duda en el predicamento y credulidad con que se percibe la imagen de estas catorce cabezas aromas de leyenda, signos de un tiempo originario y de frontera, con un nuevo escenario necesitado de cohesión humana, social, que recurre a drásticas medidas repobladoras, a colectivos desplazamientos femeninos y vertiginosas fórmulas de enlaces matrimoniales. Entre tantos recuerdos o mitos, la seducción que provoca éste de los pioneros efigiados en la portada de la catedral, poco tiene que ver con los resortes de la apología regia o de la hagiografía religiosa. Estas bodas fiadas al momento, nos hablan de modos arcaicos de relacionarse con el mundo, suscitando una curiosidad sin límite, que nos hace presumir un anecdotario humano rebosante de dramatismo cotidiano. Nos sumerge, en definitiva, en un ceñido mundo de ficción donde vivimos por momentos y en primera persona, los dramas y los anhelos de la vida, con una fascinación acaso próxima a la que debieron de sentir generaciones anteriores.

Debemos al cronista Pere Antoni Beuter, en la Segunda Parte de la Cronica General de España, y especialmente de Aragón, Cataluña y Valencia, escrita en 1551, la construcción narrativa más acabada de una historia que venía circulando desde al menos el segundo cuarto del siglo XV. Porque lo cierto es que la historia de la repoblación de Valencia con mujeres procedentes de otro lugar sigue las pautas de otras tantas historias míticas que nos refieren la llegada de doncellas para instaurar una nueva población, desde la propia Roma descrita por Tito Livio o Plutarco fundada a partir del rapto de las Sabinas, hasta la de los pueblos babilonios citados por Herodoto (…)

Desde el siglo XIX hasta nuestros días, la construcción de Beuter cae en el ostracismo historiográfico, apenas si logra unas frases descalificadoras por la ligereza histórica con que operó sobre el pasado. Persiste, no obstante, el ciclo oral y popular de sus ficciones, como si gravitase aún sobre estas cabezas del alero catedralicio el cúmulo de emociones y afectos vividos al calor de su rememoración pretérita. Nada más elocuente del modo en que la fabulosa historia de Beuter empapó el sentimiento de los valencianos que el poema del Padre Tomás Serrano, escrito en 1767, con motivo de las Fiestas Seculares del tercer siglo de la canonización de San Vicente Ferrer. Al describir el altar situado en la plaza del palacio arzobispal, nos ofrece un vivo indicio -en la jerga encomiástica de los juegos poéticos de su tiempo- de la honda emoción colectiva con que se debió de sentir este acontecimiento: ‘En catorce cabezas, muchas las glorias son en que tropiezas y glorias superiores, pues son de mis primeros pobladores que con fortuna estraña fueron el ejemplar de mucha hazaña’. Serrano concluye su recorrido poético reconociendo el agradecimiento que Valencia les tributa en esta portada: ‘Esto quería huésped que supiese y en el último adorno conocieses como Valencia hermosa, quando al cielo se ostenta religiosa, no por esso se olvida, de mostrarse a la tierra agradecida, antes con raro ejemplo, lo grato lleva hasta el umbral del Templo’”.

[Joaquín Bérchez y Mercedes Gómez-Ferrer, “Traer a la memoria”, Traer a la memoria. La época de Jaume I en Valencia, Valencia, 2008]

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