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Memoria del Mármol (a Joaquín Bérchez)

Vicente Lleó Cañal

En su fascinante libro Marble Past, Monumental Present (Leiden, 2009) Michael Greenhalgh definió agudamente el mar Mediterráneo, la cuna de nuestra civilización, como “un lago rodeado de mármol”, pero no refiriéndose únicamente a las numerosas canteras de ese material que existen en su entorno, sino también a la huella que, en forma de edificios, esculturas o incluso pavimentos, este ha dejado a lo largo de los siglos en todos los territorios que lo circundan. Como el mismo autor asevera, resulta difícil sobrestimar la importancia de esta piedra –en todas sus variedades– para nuestra cultura, sin poder establecer diferencias aquí entre los territorios ribereños del Norte o del Sur, del Oeste o del Este. Efectivamente, entre los más diversos pueblos, tanto para el Islam como para el Cristianismo y a través de los siglos el mármol ha continuado ejerciendo una extraña seducción que aún perdura.

¿Qué es, en breve, lo que nos atrae del mármol? Por un lado, seguramente, su durabilidad que, junto con el bronce, hizo de este material el más deseado por los griegos tanto para la escultura como para la arquitectura; también, por su grano generalmente compacto, que facilita al entallador un trabajo de la mayor precisión, ya sea en la estatuaria o en la molduración arquitectónica. Pero hay otras virtudes más placenteras del mármol que también influyeron, desde la Antigüedad, en su prestigio: su riquísimo colorido y veteado, su capacidad para admitir pulimento y, muy especialmente, su naturaleza reflectante de la luz (no olvidemos que la palabra mármol viene del griego marmâiro, es decir, brillar). Todo ello confirió una consideración única a esta piedra, que Miguel Ángel denominaría la más noble de todas. Pero esas virtudes que acabamos de mencionar encierran otra dimensión más inmediata y libre: su poderosa sensualidad. Joaquín Bérchez lo demostró lúcidamente, ya en su momento, con sus fotografías de columnas salomónicas de un exaltado erotismo que nos traen a la mente el mito de Pigmalión, quien, enamorado de la estatua femenina que había labrado, consiguió de los dioses que le otorgaran la vida; de la misma manera, en sus fotos de las columnas salomónicas, las vueltas del fuste evocan el lento desperezarse de miembros femeninos y la luz parece deslizarse sobre una piel suave.

Pero ahora, Joaquín Bérchez ha ido un paso más allá y de fotografiar las formas del mármol ha pasado a fotografiar el material en su estado bruto, en canteras a cielo abierto de una verticalidad vertiginosa, o, apenas desbastadas, en placas de bordes irregulares. Es bien sabido que Miguel Ángel sentía auténtica pasión por el mármol y que acudía a las canteras de Carrara para escoger personalmente los bloques cuya veta (o ausencia de ella) le resultaban más atractivos. Bérchez demuestra la misma emoción, pasando así de la natura naturata a la natura naturans, es decir, de la concreción de la forma a la infinita posibilidad de la materia en su estado bruto.

Si, como hemos mencionado, Greenhalgh definía el Mediterráneo como un lago rodeado de mármol, nosotros podríamos definir a Portugal como una montaña de mármol recubierta de una fina capa de vegetación; en Portugal, el mármol brilla en los palacios más importantes como en las casas más modestas, en forma de escalones o portadas, de elaborados elementos arquitectónicos o de simples solerías formando mosaicos; mármoles de Estremoz o bellísimo mármol brèche de Arrábida, mármol de Borba o de Tavira. Y si esto es así, en ningún otro lugar se manifiesta esta naturaleza de la tierra portuguesa como en la hermosa ciudad de Vila Viçosa, que ha sido definida como la “Capital del Mármol”. Para Joaquín Bérchez, las pedreiras de Vila Viçosa parecen haber sido una revelación, de la que nos hace partícipes a través de sus fotografías. Y ante ellas, ante esas fotografías, no sabemos si estamos ante un decorado expresionista o ante los círculos infernales del Dante; no comprendemos la magnitud del espacio hasta que nos percatamos de que lo que parece una mota de polvo o una brizna de hierba son, en realidad, hombres o máquinas; paisajes desolados de una geometría abstracta que, sin embargo, nos deslumbran por su belleza y, como los paisajes de Friedrich, nos hacen conscientes de nuestra propia liviandad. Joaquín Bérchez es, en su esencia, historiador del arte, pero al contrario de la mayoría de sus colegas, posee, además de la erudición, una fina sensibilidad y un ojo ejercitado en el placer de las formas, un placer que la cámara le permite comunicar a los demás, enseñándonos a ver con ojos nuevos unas realidades mágicas, ocultas bajo la capa de lo cotidiano.

Durante las últimas décadas se ha producido en los foros internacionales un animado debate sobre la naturaleza y los límites de la fotografía arquitectónica, tradicionalmente planteada como un instrumento útil para la investigación, como un simple elemento transmisor de información. Actualmente, esa visión reduccionista es abiertamente discutida; las fotografías no se consideran ya meras referencias objetivas; por el contrario, la fotografía nos enseña ahora visiones tan subjetivas, tan “de autor” que nos obligan a mirar con ojos nuevos, que nos enriquecen en nuestra percepción del entorno. Con su cámara, Joaquín Bérchez ha educado nuestra sensibilidad y ha enriquecido nuestras vidas.

[Vicente Lleó Cañal, “Memoria del Mármol (a Joaquín Bérchez)”, Pedreiras, carne de dioses, Valencia, 2012]