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Materia, susurros de un paisaje

Victoria Domínguez Ruiz / Silvia Escamilla Amarillo

Gran parte de la singularidad del territorio alentejano reside en el paisaje que forman sus pedreiras. La percepción de estas canteras marmóreas en tanto metáfora del panorama natural y cultural de sus pueblos hace que hayan sido en muchas ocasiones objeto de reflexión. Como un susurro, las operaciones en ellas comienzan siendo hechos imperceptibles a la vista, ocultos al oído, subterráneos, para luego hacer emerger la materia a la superficie, irrumpiendo en las distintas escalas, convirtiéndose el mármol en elemento integrador entre paisaje artificial y natural, entre voluntad humana creadora (de belleza) e ira de dioses.

En su exposición fotográfica “Arquitectura, placer de la mirada” (Vila Viçosa, 2011) Joaquín Bérchez recogía instantes, espacios o detalles arquitectónicos de obras muy conocidas, sin embargo la lectura que se hacía de ellas poseía una cualidad muy especial, una extraña capacidad de hacernos mirar, e incluso, sentirlas de otro modo, (re)construyéndolas o (re)interpretándolas magistralmente a través de su afinada lente. En esta ocasión, no queda apartada esta cualidad que desde el principio puede verse reflejada en su obra: la visión anticipada del fotógrafo/artista. Las imágenes en PEDREIRAS, CARNE DE DIOSES desvelan, además, claves que trascienden el lenguaje arquitectónico, procurándonos, una vez más, un placer a nuestras miradas. En una reciente conferencia en Sevilla, calificaba como acasos a esas “situaciones tan abundantes en la vida y en la amistad que, de una manera impredecible, tienen la suerte de trascender y fecundar artísticamente de modos insólitos”. Siendo nuestra primera aproximación a su obra fotográfica el mencionado acaso en tierras calipolenses, con esta exposición nos sumamos a un ciclo donde se vinculan diferentes disciplinas profesionales y artísticas con estados del alma.

Su mirar, tan exclusivo y seductor, mediante su particular ventana de Alberti, nos deja abierto un camino dialéctico por donde viajan, indisolublemente unidos, el intelecto y la emoción; lo uno, incitado por un provocador título estratégicamente escogido que deja vislumbrar una profunda reflexión posterior, estímulo indisolublemente unido a su obra; lo otro, activando, a través primero del sentido de la vista, el resto del repertorio sensorial de una manera nada arbitraria. Por esa “ventana bidimensional” consigue hacernos mirar, a veces de un modo furtivo, como ocurre en Perséfone en cautiverio; otras, invitarnos a atravesarla, a modo de puerta, en un sueño casi corpóreo, visitando una vera cavea romana o un escenario made in Cinecittà. Finalmente, vencidos por el placer responsable de esta dialéctica razón-emoción, nos lleva a sentir, a habitar esos “espacios ensoñados” en un nuevo mundo de posibilidades, percibiendo el olor de la humedad de la piedra o el silencio de la cantera muerta en sus obras, verdaderas obras de arte que recogen esa materialidad (in)tangible. Así, fascinado por la imagen reflejada en el lecho acuoso del fondo de las canteras –La Bocca della Veritá- invita a cuestionarnos cuánto de colosal/divino y cuánto de humano hay en este excepcional enclave. Atisbar la silueta de un lejano paraíso al óleo en Piedra del Edén, palpar sus texturas y colores, oír el sonido de la piedra cayendo en el Cenote Sagrado en medio de un sepulcral silencio, experimentar el vértigo en una Catábasis al interior del vientre de la tierra, son sólo algunos de los recorridos sugeridos al espectador en el presente catálogo.

El autor reconoce “el desplazamiento de significados, a veces inconsciente” que la fotografía brinda; por ello, no pretende un mero retrato realista del material, sino idealizar la figura del mármol, llena de pureza y fecundidad en su estado más primigenio. Nos muestra, con sus coartadas fotográficas, esa “potencialidad arquitectónica/artística/poética” de la cantera. Luis M. Mansilla en sus Apuntes de viaje al interior del tiempo (Fundación Caja de Arquitectos, 2002) describía la materia como esa sustancia inerte y muda, que “(…) al arañarla, al rozar con la vida, al cambiarla de sitio, ya no sólo muestra lo que es, sino también lo que quisiera ser, su vocación y sus afanes. Una vocación que necesariamente expresa (y oculta) un entendimiento del mundo. Un entendimiento que puede ser visto casi en términos físicos… (…)”. Joaquín Bérchez, a través de su fotografía, “araña”, esa materia natural e inerte, el mármol de las canteras, mostrándonos su vocación latente. Extrae la naturaleza escondida en el bloque de piedra, la alumbra con delicadeza y detallismo, y nos la revela de modo autónomo con el fulgor fotográfico de la obra de arte.

 

No tiene el gran artista ni un concepto
que el mármol en sí no circunscriba
en su exceso, mas solo a tal arriba
la mano que obedece al intelecto.

El mal que huyo y el bien que prometo,
en ti, señora hermosa, divina, altiva,
igual se esconde; y porque más no viva,
contrario tengo el arte al deseado efecto.

No tiene, pues, Amor ni tu belleza
o dureza o fortuna o gran desvío
la culpa de mi mal, destino o suerte;

si en tu corazón muerte y piedad
llevas al tiempo, el bajo ingenio mío
no sabe, ardiendo, sino sacar de ahí muerte.
 
Michelangelo Buonarroti

(Traducción de L. A. de Villena)

[Victoria Domínguez Ruiz y Silvia Escamilla Amarillo, “Materia, susurros de un paisaje”, Pedreiras, carne de dioses, Valencia, 2012]