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Joaquín Bérchez. Casualidades fotográficas

Armando Pilato

La segunda exposición de fotografías de Joaquín Bérchez está dedicada íntegramente a la temática del paisaje. Así pues la mirada del fotógrafo, como creador e intérprete del espacio, se convierte también en transmisión sináptica de unos determinados conocimientos, esclarecidos a partir de décadas de observación sobre las cosas humanas y el entorno que las rodean en todas las direcciones posibles. En la presente selección de perspectivas del natural los significantes del mapa y del territorio son volteados, como las campanas de los antiguos campanarios, para aliarse junto a algunos aspectos de la geografía, del retrato y de la topografía en una declinación –tan clásica como moderna- que podría ser definida como Fotogeografía artística.

Casualidades geográficas cita deliberadamente al pintor y tratadista Antonio Palomino, quien en 1724, al describir la elocuente narratividad de las pinturas en las que se observan “sitios ejecutados con gran puntualidad”, hace alusión explícita a “aquellas casualidades, que en el campo suelen ocurrir”. La culta expresión de Palomino se ajusta -al igual que un perfecto guante a una preciosa mano de modelo de dibujo anatómico- a las intenciones del ojo y de la mente que han disparado, y reelaborado conscientemente, esta corta pero intensa selección de diecisiete instantáneas, en las que el sinónimo de palabras como eventualidad, providencia, fatalidad o providencia, se convierte tanto en parte como fundamento del título de la presente muestra.

Llegados a este punto y aparte podría parecer tonto y fácil jugar con el entrelazamiento, en su similitud ortográfica y su antagonismo significativo, de dos términos tan plurales como lo son causal y casual. Sin embargo en ocasiones es necesario convertirse en un navegante de las emociones –manera con la que alguien definiera recientemente al clown- y descubrir lo evidente, desvelando de nuevo a aquel niño de cuento que revela a los demás que el emperador cabalgaba casi desnudo. El Joaquín Bérchez fotógrafo encuentra la panorámica concreta porque antes la ha desentrañado en su faceta de historiador del arte y de la cultura, mostrando aquellas verdades que por su propia obviedad pasan, las más de las veces, completamente desapercibidas para el megadinámico carácter visual de la sociedad contemporánea.

El punto de mira subjetivo del fotógrafo y la fijación del horizonte visual, así como su posterior tratamiento técnico, podrían recordar en este caso la actitud de un comprometido explorador de territorios no por próximos menos conocidos. Hay en esa plasmación del territorio físico un talante similar al del cultivado pionero de las cosas de nuestro mundo, una condición visual y narrativa muy cercana a los modos de Cavanilles en la forma, pero también a los de Ramón y Cajal en los detalles, otras veces al de Tosca –revisitado ahora con el objetivo fotográfico- o también a aquellos múltiples condicionantes crepusculares de los paisajistas de la escuela pictórica valenciana. Es por ello que Joaquín Bérchez encuentra –básicamente porque la busca, y de ahí la referencia a la causa y el efecto- la huella de la civilización en esos espacios ultrajados, tangenciales, liminares y periféricos que se conjuga en un léxico visual absolutamente cristalino.

La interpretación y la transmisión de las ideas se hace evidente en esta colección de imágenes, así cada uno puede desentrañar una percepción diferente y siempre verosímil del espacio que nos circunda. Por consiguiente habrá quien vea en ellas la deuda de la pintura o de las arquitecturas ubicadas en el espacio del horizonte, para otros plantearán la gramática óptica del narrador de historias posibles o activarán concomitancias con los procesos puramente geográficos del espacio como retrato de una civilización compendiada. Pero de lo que no hay duda es que en todas las imágenes domina, y abunda, el auténtico sentido de la fotografía coetánea como (un) impertinente apéndice del órgano ocular que es, al mismo tiempo, central y periférico.

Las vistas de la Albufera o la Malvarrosa inciden en la visión horizontal de espacios inversamente poblados de vida, las fotografías Tierra madre y Cables y nubes recuerdan el civilizado ultraje producido a la naturaleza. Las panorámicas de Valencia, desde los modernos miramares, abundan en la acumulación y compresión de vida y elementos que se incrustan y confunden en una gran ciudad; en cambio la vista de la Torre de Francia o la imagen denominada Muelles y huerta aluden a lo aparentemente efímero y lo cambiante. En fotografías como Desde la ermita se hace evidente esa sensación imparable de la detención sorpresiva de la marcha para mostrar el paisaje y su particular atmósfera desde puntos de mira no establecidos, una firma que se extiende en las vistas de El despoblado, la marjal, Morella o la sorprendente aparición, casi de ciencia ficción, de un apocalíptico Benidorm.

En todas las imágenes se puede localizar el rastro físico y psíquico del individuo como constructor y destructor del espacio habitado, algo que se encarna en el retrato de la cepa retorcida de vida o en la callada y nostálgica denuncia de la desaparición del balneario de Las Arenas. Finalmente la vista de la cementera de Buñol nos traslada a un mundo mediterráneo y nebuloso tan fantástico como real pulsado, como todas las fotografías de Joaquín Bérchez, a través de una carga/descarga absoluta de pasión, intuición y conocimiento.

[Armando Pilato, “Joaquín Bérchez. Espacios (libremente) comprimidos”, Bussines&Class, nº. 03, Madrid, 2004]