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El Cabanyal: la persistencia del tiempo

El Cabanyal: la persistencia del tiempo

[En El Cabanyal. Patrimonio en riesgo, Editorial Universitat Politècnica de València, Valencia, 2013]

Joaquín Bérchez

Texto y fotografía

Acaso sea el núcleo de edificios de la antigua Sociedad de Marina Auxiliante en el poblado marítimo de El Cabanyal, en las inmediaciones a la playa – la Lonja del Pescado, los establos de bueyes para el arrastre de las barcas, la conocida como Casa dels Bous, el almacén de cordelería para las redes, y la adyacente Fábrica del Hielo- construidos entre las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, la imagen que mejor metaforiza aún en estos momentos, con sus muchos deterioros, la Valencia finisecular moderna. Piedra angular de un mundo que se nos ha escapado, el paisaje de esta Valencia volcada al mar, la de sus poblados pescadores, señorea, a pesar de su quejumbrosa fisonomía, en el mapa de los múltiples episodios que abrigan la historia y los mitos urbanos de la ciudad de Valencia, en este caso moderna.

Tienen estos edificios, sumidos a día de hoy en el más absoluto abandono y en ciernes de desaparecer por calamitosas y desaprensivas políticas urbanísticas, algo de mimbre de la historia de un lugar. Un lugar donde la arquitectura, con sus mamposterías de piedras y ladrillos, cubiertas de armaduras de madera o cuchillos metálicos y tejas, carpinterías de hierro fundido, atildados pomos y cerraduras, atisbos escultóricos, alicatados y aun desconchados, se nos ofrece como historia consumida y también –no habrá que olvidarlo- como reminiscencia vivida y gozada desde la literatura o la arquitectura, la pintura o la fotografía, realidades en definitiva trascendidas reflexivamente en cultura.

Cesar Antonio Molina[1] nos ha recordado que las culturas pueden caer en el más absoluto abandono pero jamás en el olvido, que por fortuna hay un ADN casi inconmovible, que nos hace retornar, como absortos hijos pródigos, a un pasado que jamás nos abandonó o debimos abandonar. Siempre estará ahí El Cabanyal, los restos de la Sociedad Marina Auxiliante, a pesar de su malbaratada conservación. Y con ellos las exaltadas ausencias que resuenan de su pasado, aun vívido en la memoria de una generación ya casi extinta, aun también presentido en la actual mirada de sus deteriorados restos arquitectónicos, en las carencias convertidas en presencias que nos hacen presagiar su pasado.

Confieso que cuando con motivo de cumplimentar este reportaje -escrito y fotográfico- acudí hace un mes y medio a visitar este bloque de edificios, procuré desnudar las visiones, percepciones, de estos lugares de las discusiones, agrias polémicas surgidas en los últimos años en torno a este cuadrilátero arquitectónico que se proyecta desguazar para desembarcar al mar la Avenida de Blasco Ibáñez. Procuré aventurarme en la casi imposible tarea de ensimismarme en lo que iba a percibir y en lo que me podría suscitar, descubrir, atravesado por la necesidad de la escritura y de las imágenes que iba a extraer del mismo.

Quien forastero de El Cabanyal, sin un vínculo cotidiano, diario, transita al azar por la calle de Eugenia Viñes, no discierne con facilidad la amplitud arquitectónica de la Lonja del Pescado que junto al almacén de Teñidores y Fábrica del Hielo fueron construidas en el entorno de la Casa dels Bous, en la primera década del siglo XX. Extendida en un frente de cien metros y dividida por una retícula de casillas -veinte minúsculas casas por cada lado- con sus puertas y altas balconadas, algunas con cromática azulejería en sus jambas y recercados, pasamos desprevenidos por la destacada puerta lateral y central de esta Lonja, elevada y con un alzado arco central de esmerada decoración en ladrillo, como si se tratase de un almacén individual. No ocurre lo mismo cuando contemplamos sus fachadas principales, en los frentes menores de la manzana rectangular, o también cuando, encaramados a una ventana superior de la colindante Casa dels Bous, abarcamos la inmensa mole de cien metros que conforma su arquitectura.

Pero es, no obstante, la presencia en el interior de esta Lonja la que nos transporta en fracciones de segundos, con tan sólo unos metros franqueados, a una insólita escenografía, a una repentina mutación de decorado. Ante su visión se agolpa un cúmulo de sensaciones encontradas. Abruma el despojado y verticalista cielo de madera de la armadura a dos aguas de la nave central, realzada de los muros por un transparente ático que filtra vigorosas luces rasantes sobre sus paredes blanquecinas, y cobran densidad arquitectónica las retículas de las antiguas oficinas laterales, hoy trasteras de viviendas adosadas, divididas por escuetas y elevadas pilastras. Por momentos se cruza la historia de la arquitectura de este espacio, concebido por el arquitecto Juan Bautista Gosálvez muy vinculado al poblado marítimo de El Cabanyal, y nos hace recapitular en la persistencia de los usos arquitectónicos del pasado. No de otro modo pensé en la dilatada fortuna histórica de la definición de “lonja” que tres siglos antes –en 1611- Sebastián de Covarrubias había dado a las lonjas de comercio, y que este espacio, aun en particular sesgo marinero, recordaba en tanto lugar público destinado para juntarse en él tratantes y mercaderes “porque -nos advertía Covarrubias- negocian paseando”, o en la llaneza con que describía su arquitectura y su tipo de dos o tres naves “que por ser largas se llaman lonjas, y qualquier lugar cubierto en esta forma y para este ministerio se llama lonja”[2].

Me hablan de sus diversos usos en la historia una vez ultimada su construcción en 1909, como el que se le asignó a este inmenso espacio, antes de inaugurarse, para Hospital de heridos repatriados durante la guerra del Rif. El deterioro actual de este espacio, desdibujado por el abandono, trae a la memoria parecidas sensaciones de infortunio que debieron tener los hombres del siglo XIX ante tanto convento, iglesia o claustro desamortizado, abandonados a la suerte de la especulación procaz del suelo, a usos imprevistos a sus cualidades artísticas o monumentales antes que a sus orígenes religiosos, y tal vez habitados por la pobreza. La percepción de la nave de una longitud de 100 metros por 9 de ancho parece una calle entoldada por el techo en cuña de madera, o, mejor, un dilatado callejón convertido en improvisado trastero, con sus aceras y rodapiés en las puertas. Advertimos balcones de meticulosos forjados cegados y engarzados a ventanas de moderna carpintería metálica, enmarcando cortinas de intimistas encajes. Sorprendemos en pleno desorden matutino el suelo poblado de lavadoras y armarios, bicicletas y diminutas sillas de plástico infantiles volcadas, dejadas con pueril desenfado tras el juego del día anterior, tableros y ristras de ropa tendida, cajones y cercados apuntalados de uralita, o la presencia vagabunda de un perro famélico. Huellas similares, esta vez sin presencia humana, saltan al visitar las amplísimas naves abandonadas de la antigua Fábrica del Hielo, la principal de agrietada armadura filtrando luces, con el desolado coche empolvado por años de abandono; la otra nave, antaño transformada en empresa de construcciones metálicas poblada de enhiestos peristilos metálicos, cables y grúas, escombros de ladrillos de cemento y caseta aun acristalada de oficinas en las que leemos olvidados encargos clavados en sus tableros; o también las no menos desvencijadas dependencias de la Casa dels Bous, aun con las carpetas revueltas por el suelo de pretéritas facturaciones en hojas amarillentas y mecanografiadas con desteñida tinta azulada.

Por momentos, este paisaje precario nos impulsa a sentirlo, un tanto narcotizados por su visión fragmentada, también neutralizada por la distancia histórica, en la actualidad estética de su ruina. Nos tienta la seducción contemporánea del espigador artístico al modo como Agnès Varda encuadra con la cámara exquisitos desechos, de una modernidad atenta a enmarcar la vida incrustada en los objetos como fantasmas del deterioro, de la marginalidad, absortos ante el aura residual inherente a estos espacios híbridos de nuestra sociedad contemporánea que, como comenta Joan Nogué, se mueven en usos inciertos, en límites imprecisos “entre lo que han dejado de ser y lo que no se sabe si serán”[3].

Pero hay ciertamente otros testigos, vestigios de su ayer, en este espacio de El Cabanyal, que de modo particular y si se quiere precario advierten de pasados y devuelven visiones al presente, como esos diminutos ganchos metálicos y garruchas que persisten aun en las cornisas de las paredes de las múltiples casitas de la Lonja del Pescado. Presencia ínfima que amplifican la evocación de una imagen de la Lonja poseída de vitalidad marinera, poblada y camuflada en sus exteriores por mástiles y redes puestas a secar o reparar, y que nos transporta a un interior pletórico de trasiegos diarios propios de su condición de lonja del pescado, a un mundo de ausencias que rellenamos -en un involuntario flashback– de vidas, de horas y de días, de ruidos, voces y colores, por donde asoman multitud de rostros, fugaces gestualidades de personas maniobrando cestas y cajas de pescado, tasando y regateando precios, intensos olores marineros de redes embreadas y abundante pescado fresco, enjuagues de los mismos en pozos de manantial, casetas bajas para depósito de barcas, entrevistos contables y comerciantes en sus altas y laterales oficinas.

Leemos en Flor de mayo de Vicente Blasco Ibáñez descripciones de El Cabanyal que nos acercan a esta particular e íntima topografía marítima que convierten estos signos de tan ínfima presencia –garruchas y ganchos- en claves escondidas de un tiempo, de un aroma urbano marinero que ya en esos años estaban impregnadas de recuerdos de la antigua vida de los propietarios de las barracas y casas marineras. En Flor de mayo, las atmósferas ambientales relacionadas con la trama argumental de sus personajes es todo menos un decorado, un telón de fondo aséptico. Alude al barrio llamado de las Barracas del Cabañal, al enjambre de barracas con las nuevas casas de pisos altos y nos informa “todas ellas estaban pintadas al barniz, lo mismo que barcos nuevos, con la fachada de dos colores, como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la línea de flotación”; refiere los adornos de talla que había sobre algunas puertas y concluye “semejante a los mascarones de proa”; o menciona otras puertas y advierte “subiendo hasta la altura del alero, estaban plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivía algún dueño de pareja del bòu”[4].

Es no obstante la Casa dels Bous, enfrentada a la Lonja el embrión arquitectónico más elocuente de este núcleo. Concluida en 1895 ya es aludida por Blasco Ibáñez en su Flor de mayo, publicada en ese mismo año. “La Casa dels bòus –escribe- donde rumiaban en sus establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su cuadrada mole, con tejado rojizo y azules cuadrantes en sus paredes, sobre las filas de barcas puestas en seco”[5]. Queda en la actualidad su sencilla arquitectura con su corral vallado a modo de compás o atrio para el discurrir de los bueyes bermejos antes o después de faenar en el mar, con su rústica fachada de puerta con arco rebajado, balcón en lo alto y apoyado en dos cabezas de bueyes de pulcra talla, algunos restos de antiguos pesebres interiores en dependencias techadas con vigas de madera y bovedillas, o el mismo reloj de sol en la fachada lateral.

Aun hoy cuando contemplamos la Casa dels Bous, con las esculturas de las dos cabezas de bueyes a modo de zapatas sosteniendo la balconada, y a su vez amparada en esa constelación de edificios de la antigua Marina Auxiliante, se nos antoja que estamos ante un particular kilómetro cero de la imagen mediterránea de El Cabanyal, que no es otra que la de Valencia. Su arquitectura fragua una escenografía real, histórica, de la que es acaso la imagen más representativa del episodio marítimo –humano, artístico y literario- de la Valencia moderna, la de la pesca del bou. La imaginería de esta pesca del bou -centrada en el arrastre por yuntas de bueyes bermejos salpicados por la espuma de las olas de las características barcas de vela latina, tanto entrando al mar, como saliendo a la arena para vararlas, con el mayoral de espalda, sentado a horcajadas en los lomos de un buey de cara al mar, dirigiendo las maniobras- fue sin duda el principal leitmotiv de la vida marinera valenciana, en ella hollaron Blasco Ibáñez, Sorolla, José Navarro, o numerosos fotógrafos de la segunda mitad del siglo XIX y dos primeras décadas del XX, cuando esta práctica pesquera se eclipsó con la aparición de los motores de fuel.

De la significación que esta imagen desempeñó en la pintura de Sorolla habla no sólo sus múltiples obras con esta temática, también la conciencia de su engranaje específico en este paisaje de la Valencia finisecular. Blasco Ibáñez en su tardío prólogo -1923- a Flor de mayo evocando a Sorolla, fallecido años antes, y al espíritu de amistad y encaje con el espíritu de su novela, confesaba: “Muchas veces, al vagar por la playa preparando mentalmente mi novela, encontré a un pintor joven –sólo tenía cinco años más que yo- que laboraba a pleno sol, reproduciendo mágicamente sobre sus lienzos el oro de la luz, el color invisible del aire, el azul palpitante del Mediterráneo, la blancura transparente y sólida al mismo tiempo de las velas, la mole rubia y carnal de los grandes bueyes cortando la ola majestuosamente al tirar de las barcas”[6]. Metáfora fotográfica de la pesca del bou de la playa de El Cabanyal, pero a través de los ojos y pinceles de Sorolla, la revista La Fotografía editada en Madrid en el año 1906, por J. Fungairiño, utilizó el término “sorolleando” para rotular la fotografía del arribo a la playa de una barca con bueyes[7]. Fue a su vez la mirada y el inmediato entorno cultural y humano de Sorolla lo que llevó a Anna M. Christian, amiga culta y acaudalada dama norteamericana vinculada a la Hispanic Society de Nueva York, excelente fotógrafa amateur, a realizar una de las más importantes series sobre la playa de El Cabanyal inmerso en los gustos de la moderna sociedad valenciana de su tiempo, desfilando por ellas, con un marcado acento sorollista, instantáneas de sus barcas varadas y velas hinchadas, con pescadores comiendo en ellas, el regreso de la pesca del bou, niños chapoteando en la orilla, con sombrillas. Y fueron estas fotografías de las playas de El Cabanyal y de sus menesteres marineros, entre muchas otras visiones de la España de su tiempo, las que ampliadas, coloreadas y positivadas fueron objeto de múltiples proyecciones en salones neoyorkinos con motivo de galas benéficas. Como narra un sorprendido corresponsal español en el año 1929, “cuantos contemplan sus proyecciones sobre una pantalla se quedan deslumbrados. Porque en esa pantalla, que nada tienen que envidiar a la del más moderno teatro cinematográfico, hombres y mujeres desfilan en su tamaño natural, y los edificios que les rodean, destacándose con sus propios colores, producen la impresión de que asomándonos a un invisible ventanal, estamos contemplando a España”[8].

En su Córdoba de los omeyas, Antonio Muñoz Molina nos avisa que para escribir sobre una ciudad es necesario haber sido poseído por ella, y nos previene que de ese encuentro apasionado entre memoria y palabra, entre escritores y ciudades han surgido “algunos de los más altos episodios de la literatura”[9], y nos cita a Baudelaire y París, Dickens y Londres, Bassani y Ferrara, Juan Marsé y Barcelona. Y de la mano de Walter Benjamin recuerda una obviedad de ese intercambio de posesiones que con frecuencia olvidamos, que, por ejemplo, el París de Baudelaire tuvo existencia propia años después de que Baudelaire hubiera muerto. Pues bien, de este Cabanyal, frontera marítima de Valencia, y en particular de este cuadrilátero en ciernes de desaparecer, podríamos decir algo similar respecto a Blasco Ibáñez y Sorolla. El Cabanyal mediterráneo y pesquero, aun persistente en su escenografía arquitectónica, siempre estará ahí, real y trascendido en la experiencia cotidiana de la cultura y las artes.

[1] César Antonio Molina, Donde la eternidad envejece, Destino, Barcelona, 2012, p. 283.

[2] Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, Madrid, 1611, p. 772.

[3] Joan Nogué, “Paisajes residuales”, en Revolviendo en la basura. Residuos y reciclajes en el arte actual, CDAN, Centro de Arte y Naturaleza, Huesca, 2009.

[4] Vicente Blasco Ibáñez, Flor de mayo (1895), Cátedra, ed. de José Mas y María Teresa Mateu, Madrid, 1999, pp. 128-129.

[5] Ibídem, pp. 121-122.

[6] Ibídem, p. 61.

[7] Debo a mi buena amiga Concha Baeza la comunicación de esta noticia.

[8] Joaquín Bérchez, “Espejo y espejismos de España”, Catálogo exposición Atesorar España. Fondos fotográficos de la Hispanic Society of America, Fundación Bancaja, Valencia, 2011, pp. 12-13.

[9] Antonio Muñoz Molina, Córdoba de los Omeyas (1991), Seix Barral, Barcelona, 2008, pp. 11 y ss.